
Hay momentos en los que voy en un carro o camino por alguna calle y, sin pensarlo mucho, me pongo a mirar las casas.
No por curiosidad, ni por comparar, sino por algo que me nace muy dentro.
Veo las luces prendidas desde afuera y me imagino historias: una familia que cena junta, risas suaves que se mezclan con el aroma del café, alguien que llega cansado y es recibido con un abrazo.
Me gusta pensar que dentro de esas paredes hay ternura, complicidad, pequeños instantes de felicidad.
Mi casa es bonita, sí. Pero cuando veo esas otras, siento algo especial. No es envidia, no es tristeza. Es más bien como una esperanza suave, como una caricia que me recuerda que aún existen los momentos sencillos y verdaderos.
Y de repente, aunque falten meses, me sorprendo sintiendo algo parecido a la Navidad.
Como si el aire cambiara de textura, como si la vida me soplara una memoria de lo que ha sido bonito y cálido.
No ha llegado diciembre, pero mi alma ya lo huele. Ya lo sueña. Ya lo necesita.
A veces me pregunto si eso está mal. Si sentir así es signo de alguna carencia.
Pero luego me doy cuenta de que no, no es una falta. Es una abundancia.
Porque no todos pueden mirar una ventana encendida y emocionarse. No todos llevan dentro la capacidad de soñar con lo tierno.
Yo sí.
Y eso me basta.
Hoy escribo esto para recordarme que la sensibilidad no es debilidad. Que anhelar un hogar, imaginar la ternura o anticipar la Navidad en pleno septiembre no es algo extraño.
Es algo profundamente humano.
Es algo mío.
Y si tú, al leerme, también has sentido algo parecido, entonces no estás sola.
Hay otros corazones que también se conmueven con las luces encendidas de la vida.